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miércoles, 2 de mayo de 2018

Sueño de sueños


De este cielo caían cerillas. Rozaban el asfalto y se prendían, baratas, rápido, al primer contacto, a primera instancia, cerillas inflamables que prendían deprisa y apenas quemaban. Había una bruma extraña en el aire, y los cristales estaban impregnados de tierra naranja. De fondo doblaban campanas, el eco recorría cientos de kilómetros hasta llegar a mi sueño. Yo afilaba una espada, una con otra, las empuñaba, las enfrentaba, y ellas chirriaban al rozarse, liberando quejidos de pena al sentirse pulidas, clamaban venganza al mismo tiempo que prometían batalla. Yo no sabía nada de la gloria. Las derrotas pendían como guirnaldas en los balcones que circundaban mi presencia. Y a mi lado un lobo tumbado dormía tranquilo, soñaba conmigo, los ojos cerrados los colmillos guardados, bestia somnolienta, mi hermano, yacía expectante. 

Si el frio arrecia me quitaré la piel, me pesa un poco. En la cabeza laten ideas y se baten en duelo, siempre se van las mejores...En mi sueño, tengo a mi vera todos mis textos. Los voy echando a la hoguera de uno en uno, mientras veo florecer los campos...hace algo de frío pero pronto llegará la primavera. Será hora propicia para apagar la chimenea. Voy alternando entre cadáveres de madera y versos macilentos; así es como avivo el fuego, el fuego radiante que se vuelve naranja, a veces verde otras rojo, pero no calienta...y en esa gelidez de fuego observo al lobo y lo veo tranquilo. Aprecio la calidez de su pelaje y por un momento en el sueño siento que me abraza, y un aullido reverbera en mi mente de oreja a oreja, feroz y salvaje, llamada batiente de una naturaleza errante que anhela el sabor nostálgico de las yemas de mis dedos. En el bosque, las copas de los árboles se agitan como enormes pétalos de esperanza, mientras mariposas violentas vuelan alto y dibujan en el aire tijeras de nostalgia: cazan águilas desprevenidas a las que inyectan pasión y matan de celos. No sé que será de mi cuando despierte de este sueño...en él el lobo está dormido y yo estoy afilando las dos espadas, centelleantes y gélidas, con sombras de tinta que gotean de la hoja. 

Pero fuera del sueño el lobo está despierto y yo duermo...y son las espadas las que azuzan mi conciencia, las que afilan mi seso con cada estoque imprevisible pero preciso. Y a veces, entre herida y herida subyace una estrofa...y de cada brecha un verso, y de cada muerte, dentro, allí, en mi mente, sobrevive una idea, la idea de arrebatarle las espadas al destino y de luchar por dar vida a mi sueño. 

viernes, 16 de febrero de 2018

El hombre ilógico


No me preguntes cómo fue, ni yo te lo sabría explicar, ni tu lo podrías entender. Lo cierto es que simplemente un día se miró al espejo y no se encontró. Veía a través de un imperceptible boceto de su cuerpo, todo cuanto había tras él. La nariz se había hundido en su rostro. Y su carne pendía de los huesos como harapos de la cuerda de un tendedero. Fue por mediados de Julio...una tarde cualquiera. Se notaba distante de sí mismo, ajeno a este mundo que gira de forma tan sobria y austera, como si nada pasara aunque pase un mundo. El sol abrasaba el hormigón de las paredes. La gente se recluía en sus casas como huyendo de la peste. No había nadie allá abajo, y por más que él, desde la ventana buscara, nadie habría de aparecer; ni siquiera él, probablemente, estaba realmente allí. Había perdido el sentido de las cosas. Como un machete clavado en el seso, hundido hasta el mango, apareciendo el clímax de la hoja en la linea divisoria que arrugaba su frente, un millón de dudas hechas acero le atravesaban la mente. 

Y en ese silencio entrelazó los finísimos y larguísimos dedos a la altura del vientre, sobre la chaqueta de lana. Las insignificantes piernas sostenían por entonces su peso, porque pesaba poco, y porque pocas veces tenían que hacerlo. Trató de entenderlo todo, de desnudar los nudos que poblaban aquel arrecife de dudas. Pero era incapaz, nada servía...era todo mentira, era todo ajeno, no merecía la pena. Suspiró. Y disfrutó sentir el aire acariciando sus pulmones una vez más, segundos antes de expulsarlo. Como la propia vida, llegaba al mundo, y luego acababa siendo escondida bajo tierra, quemada, o relegada a un cajón de madera. Tantos recuerdos...tantas palabras...entrelazándose y anudándose entre mentiras y fantasías morbosas de mierda, como una especie de onanismo crepuscular existencial. De mentira era la calle que ante sus ojos ardía. De mentira estaba hecho el espejo detrás del cual observaba, y mentira era el reflejo del hombre que miraba, y que por eso no veía, porque no estaba, en realidad, si no en otra parte, soñando quizás que todo aquello era de verdad, y que lo entendía. Y pensó, que al menos era una mentira virtual, y que ahora debía compartirla, porque entre todos sería más sencillo, creerla de verdad.