馃晩


Callado, adormecido. La cabeza apoyada sobre el borde de la ba帽era, el brazo colgando fuera de 茅sta; el dedo 铆ndice, de la mano derecha, se帽ala una baldosa partida. Desde el ventanal se filtra la luz p谩lida del d铆a gris, rompiendo levemente la penumbra que le rodea. Con los ojos cerrados la recuerda, el silencio reproduce su voz con extraordinaria nitidez. 

Se fue sin avisar. Se perdi贸 en la bruma de las dudas: de pronto un d铆a no despert贸. Los ojos cerrados para siempre, el cuerpo tibio, la carne tr茅mula, la boca sellada. Ella era la luz, el verbo, el todo. Ella era el nombre, todos los nombres.

De reojo observa la boca de acero, dispuesta al lado del grifo. Mira sus dientes afilados, escucha el silencio que emerge a gritos de sus fauces y la imagina hablando con sus venas, lamiendo su piel, mordiendo su carne, empap谩ndose con su sangre, silenciando su vida. Suspira: “¿Qu茅 hay del mundo ahora?”. Desde fuera se filtra el canto arm贸nico de un mirlo. 脡l contiene el aliento, sin saber por qu茅, se imagina qu茅 estar谩 diciendo, qu茅 le estar谩 diciendo a 茅l. Le escucha, traga saliva, el canto emerge liberador, hermoso, un soplo de esperanza en la infame penumbra. 

Baja la cabeza, de un manotazo tira la cuchilla al suelo alej谩ndola con rabia. Entrelaza los dedos, “Luc铆a…”, murmuran sus labios: antes todas las cosas estaban en ella, ahora, ella est谩 en todas las cosas.

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