Lenguaje
Supongo que hablabas el mismo lenguaje. La forma en que tu luz colonizaba los lugares, y se imponía, y reinaba, hasta elegir entre los destellos y las sombras la proporción adecuada; aunque para entonces ya no importase porque ya solo existías tú. Y el sonido de tus tacones reverberando en la escalera; dialogaba, entrecortado, con el canto filoso de la lluvia, y anunciaba, sin decoro, que otra vez, durante un instante, y sin pedir permiso, ibas a parar el mundo. Articulabas los silencios en torno a las dudas, tus labios pronunciaban el deseo, y tu voz lo proyectaba en el vacío. Y hacías verbo de la carne, y volvías luz la más insondable oscuridad. Y eras ausencia, y consuelo al mismo tiempo, la pregunta eternamente repetida, la respuesta nunca hallada: y lo eras todo, y estabas siempre, porque hablabas el mismo idioma: la lengua prohibida, de las flores silvestres.