SoL
ilumina el sendero;
con la luz todopoderosa de tu ombligo
señala el camino.
Con el incorruptible poder de tus dedos,
orienta nuestros pasos perdidos,
más allá de tu cuna de espuma,
hacia el noble valle de tu sagrado templo.
Tú que en la noche
en riguroso silencio,
asistes a diario al fin del mundo.
Y aguardas, y permaneces,
proyectada irredenta
sobre el vientre del mar;
y entiendes, y aceptas,
que una noche será la última,
la última que haga el cielo estallar.
Incendiar las nubes
con los fuegos fatuos de la memoria.
Tú, que salvas el mundo a diario,
y en constante complicidad
con este inexorable firmamento,
dejas que dance imprevisible el azar.
Permitiendo la libre disposición
de los astros,
los dedos enamorados,
buscando consumar el deseo,
consumiendo el pecado,
olfateando su rastro en el plano astral.
Tú que tienes el sol entre las manos,
retenido firmemente entre la carne
y los huesos
ilumina el sendero,
dota de coherencia los días,
de los poetas que te veneran
soñando despiertos.
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