Leonardo
El aire silbaba estruendoso cuando se había asomado a la ventana. Las copas de los árboles desfallecían ante el temporal para intentar infructuosamente después, volver a incorporarse. La lluvia había empezado ya entonces a empañar el cristal, y el cielo, encapotado, se iluminaba por momentos desgarrado por atronadores relámpagos. Las calles estaban desoladas, la tarde agonizaba. En uno de los pisos superiores que tenía enfrente, una camiseta blanca, y un pantalón negro, se agitaron intensamente una última vez hasta desprenderse de la cuerda dónde habían estado tendidos, arrastrados luego por el viento, condenados al vacío: fantasmas, errantes, devorados por la bruma después.
Parpadeó: apretó ambos puños, con la espalda extendida sobre el gélido suelo. Mirando el techo de la habitación, palpó sus pantalones negros. Con las manos sobre la camiseta blanca, trató de tomar aire y una vez más notó a la muerte sentada en el pecho. Parpadeó de nuevo, un cuervo negro agazapado en el gaznate contenía un alarido ahogado bajo la lengua. Oyó una vez más aquellas sibilancias, cruces filosos como encontronazos de hojas de navaja, y mientras apuraba el último hálito de vida, dudó si era el viento o su pecho, el que inútilmente liberaba tan estremecedores aullidos.
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